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La revolución de las dos ruedas

En muy pocos años, los habitantes de casi cualquier ciudad de España hemos sido conscientes de que algo cambiaba en nuestras calles. A la pugna por el espacio urbano que, desde hace décadas, libran coches y peatones, se ha unido un tercer contendiente: la bicicleta. De hecho, su irrupción ha sido tan fuerte que ya ha empezado a cambiar la configuración de muchas ciudades. Pero ¿por qué ahora?

Hace apenas unos días, la ciclista Femke Van den Driessche, profesional del ciclocross, fue inhabilitada por un periodo de seis años por haber utilizado durante los mundiales celebrados en Bélgica ¡una bicicleta que escondía un motor! Más allá del hecho de que, con semejante ocurrencia, Femke se convirtiera en la primera sancionada por dopping tecnológico de la historia, la anécdota no deja de ser una prueba palpable de que la bicicleta está viviendo una auténtica revolución. Entre otras cosas, la maravilla mecánica miniaturizada que escondía la bicicleta de la polémica era impensable hace apenas unos años.

La revolución

No deja de ser curioso que un vehículo inventado en el siglo XIX y que ha variado más bien poco en todo este tiempo, esté viviendo ahora una revolución semejante. La razón, de este repentino interés de la industria por mejorar el producto, evidentemente, se encuentra en el hecho de que el mercado de las dos ruedas ha empezado a crecer de manera exponencial. En nuestro país, la venta de bicicletas fue por primera vez superior a la de coches en 2012. En aquella ocasión la diferencia fue de un exiguo 11,4%; pero es que sólo un año después, la brecha había aumentado hasta el 43%. Era de esperar que un dato semejante no escapase a la atención de la industria y, teniendo en cuenta que la tendencia es similar en toda Europa, en pocos años el sector se ha revitalizado de manera espectacular con la aparición de nuevos modelos, accesorios y tecnologías.

Además, conscientes de los beneficios que desplazarse en bicicleta genera sobre el tráfico y la contaminación, muchas ciudades se han sumado a la ola fomentando su uso mediante la construcción de carriles bici y servicios públicos de alquiler. La última muestra de la firme voluntad de potenciar la bicicleta ha tenido lugar en Francia, donde el gobierno ha convertido en ley el pago por kilómetro para los empleados que vayan a trabajar en bici. Y no hablamos de los empleados públicos, hablamos de todos los trabajadores franceses.

Es posible que en nuestro país la irrupción de la bicicleta en las calles haya sido incluso más chocante, puesto que, tradicionalmente, en España se ha considerado a la bicicleta como un objeto reservado para el ocio y el deporte. De hecho, casi la mitad de las bicis que se venden en nuestro país son aún mountain bikes. No obstante, las bicicletas de paseo, las fixies, las plegables y las eléctricas van ganando terreno a pasos agigantados. El crecimiento en eléctricas el año pasado, por ejemplo, fue del 76%.

¿Pero por qué ha ocurrido todo esto? ¿Es la gente la que ha respondido a los esfuerzos de la industria y las instituciones por fomentar la bicicleta, o ha sido justo al contrario? Y en cualquier caso ¿a qué viene esta fiebre por la bicicleta, si siempre ha estado ahí?

Las causas

La razón que más a menudo se esgrime para explicar el boom de la bicicleta es que su adopción como alternativa no ha sido exactamente una elección libre, sino una consecuencia de la crisis económica. Se supone que, desesperados por recortar gastos, los españoles redescubrimos los beneficios de desplazarse pedaleando.

No sería, en cualquier caso, la primera vez que esto ocurre. Cualquiera que haya estado en Copenhague habrá notado la cantidad exagerada de ciclistas que ruedan por sus calles. Pues bien, en 1970, en la capital de Dinamarca no había más bicis que en cualquier otra ciudad de Europa. Fue tres años más tarde, durante la crisis del petróleo, cuando las autoridades pensaron que fomentar el uso de la bicicleta en un país absolutamente plano podría ser una buena solución a la escasez de combustible. La medida sobrepasó las expectativas iniciales y en pocos años la calidad de vida mejoró ostensiblemente. En 2016, Dinamarca ha vuelto a ser considerado el país más feliz del mundo por parte del World Happiness Report, y muchos creen que el ritmo de vida pausado y las ciudades adaptadas al peatón y el ciclista, en lugar de al coche, tienen mucho que ver en ello.

Sin embargo, el hecho de que la venta de bicicletas aumente año tras año, incluso en países como Alemania, que no han vivido la crisis económica con tanta intensidad como nosotros, sugiere que hay algo más que afán de ahorrar detrás del boom de las dos ruedas.

La revolución de la bicicleta ha coincidido en el tiempo con otras dos “fiebres”: la de la vida activa y la de la conciencia ecológica. Y resulta que pocas cosas encajan mejor en ambas filosofías que ese simple pero maravilloso objeto de dos ruedas.

Desde el punto de vista de la sostenibilidad, una bici es un vehículo de cero emisiones y completamente silencioso. Eso por no hablar de la eficiencia. Aunque ya nos hemos acostumbrado a verlas y apenas reparamos en ellas como invento, el hecho de que un artilugio tan sencillo sea capaz de multiplicar así la energía resulta prodigioso. Y es que una persona que pedalea quema en torno a 0,15 calorías por gramo de peso y kilómetro, mientras que caminando por el mismo terreno quemaría 0,75 calorías.

En cuanto a su relación con la vida sana, poco se puede añadir a lo que todo el mundo sabe, pero ahí van algunos datos:

  • Reducen el riesgo de infarto en un 50%.
  • Reducen el colesterol.
  • Están indicadas para dolores de espalda y lesiones de rodilla.
  • Mejoran la circulación.
  • Aumentan la generación de endorfinas…

Y un largo etc.

En definitiva, bien sea porque no nos sobra el dinero, bien porque nos preocupa el  medio ambiente o bien porque queremos llevar una vida sana, la bicicleta se presenta como la alternativa perfecta a nuestro estilo de vida frenético. Es sólo que hemos tardado en darnos cuenta. Ahora que por fin hemos reparado en ellas, sólo nos queda esperar que, como ocurrió en Dinamarca, esta vez hayan llegado para quedarse.



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